Pity

El bienestar se ejercita; el calor se esquiva. Cuento publicado en La Agenda en marzo de 2018.

Pity, de Babis Makridis (2018).

Lo que me pasa tiene nombre. SAD se llama, Seasonal Affective Disorder. La mayoría lo padece por las bajas temperaturas: falta de apetito y de concentración, menor productividad en el trabajo, aislamiento, insomnio, pensamientos negativos o suicidas. Yo tengo todos esos síntomas pero cuando hace calor. Para mí, no hay nada más hostil que ser blanca y estar acá en medio de la calle Florida con la ropa húmeda, sintiendo cómo me cae agua entre las tetas, por la espalda, entre las piernas. Pierdo motricidad, se me hinchan los tobillos; la grasa, el frizz. No tolero estar con gente, son como géiseres y huelen mal. Los alimentos se descomponen, los bichos se reproducen, los virus se expanden. El verano me da ganas de llorar.

Acompaño a María a buscar ocho individuales de ñandutí que compró su madre por Mercado Libre. Caminamos Florida de punta a punta hablando del calor y enumerando cosas que nos queremos comprar. Ella dice que la clave está en entregarse al clima, sudar sin resistirse, encontrar el propio ritmo del cuerpo en verano.

Hacemos una parada en Falabella para buscar una de las quince cosas que quiero. No estaba en los planes ni dentro de las prioridades, pero salgo con el secaplatos calculando que por su precio podría haber comprado dos pimientas importadas que estaban en mi lista y que me harían más feliz. María me recuerda que pagué 380 pesos por una Corona en la terraza del Alvear, hace unos días, en un brindis de fin de año.

No puedo relajarme, le digo. Siento algo, un vaho, todo el tiempo en frente de mi cara. Es sofocación, como claustrofobia a cielo abierto.

¿Pensaste en mudarte a otra ciudad?, me pregunta mientras entra a retirar los individuales de su madre a un edificio frente al Harrods.

El tipo dijo que son de 1920, dice a la vuelta. Parece que nadie hubiera tomado ni un té sobre esos mantelitos en un siglo.

Tampoco estaba en los planes cruzar a plaza San Martín, pero la arboleda parece un premio.

Las dos siempre quisimos ser gente que sabe los nombres de los árboles, aunque no hicimos más que haber nacido en pueblos rurales de la provincia de Buenos Aires para aprenderlos. Caminamos diciendo los que sabemos. Reconozco a la araucaria porque hay una en el jardín de casa, en Chacabuco. Da mucha sombra y sus ramas secas encendían mejor que nada los fogones que hacíamos en el baldío de la esquina en verano. Sabemos bien cuáles son las tipas y las palmeras. Al tilo lo reconocemos por el olor y, si fuera noviembre, podríamos detectar fácilmente a los jacarandás por sus flores. Rodeamos uno enorme que está ahí cuando cruzás Santa Fe, dudando si es un gomero o un ombú, comparando sus flores y hojas con las de las fotos que googleamos. Hubiera apostado el secaplatos a que era un ombú, pero según María y Wikipedia es un gomero.

Sé cómo ir por la sombra desde Catedral hasta el edificio de Hacienda, cruzando Plaza de Mayo, a eso de las diez de la mañana, cuando entramos a trabajar. Es señal de que intento sobreponerme a la adversidad, le digo. No pienso migrar, pero tampoco soy sólo quejas. Estar bien es mucho más difícil que estar mal; estar mal, o permanecer en un estado de incomodidad, es, paradójicamente, cosa de cómodos y cobardes. Lo mismo le dije a Juan la noche que un diluvio hizo que nos quedáramos más de lo que queríamos dentro de un bar de Recoleta, y me miró como si fuera la primera vez que escuchaba algo así. Nunca más fuimos a un bar. Estar bien es una cuestión de supervivencia: hace que actives estrategias para protegerte del calor o intentar no ofenderte porque un chico no quiere estar más con vos.

Miro el secaplatos que armé y lamento haber claudicado tras años de resistencia porque no me gustaba la idea de ver ese artefacto todos los días sobre la mesada. Le mando una foto a María del coso metálico cargado de cacharros, que bajo la luz cenital de la alacena parece una pieza de arte moderno. Responde que va a cambiarme la vida.

Después de cenar, empiezo a ver Pity, una película griega que esta mañana me recomendó Nacho. Es sobre un abogado cuarentón apático que vive en un departamento minimalista con vista al mar, adicto a la pena y a la compasión que le tienen por sufrir. Tiene motivos para estarlo y goza de un llanto rutinario que después, cuando su único gran problema se resuelve, parece inducido. Extraña el estado físico del sufrimiento y los gestos de todos los que antes demostraban piedad. Todos tenemos minutos Pity, buscamos que nos mimen de alguna manera, necesitamos atención, pero estar bien es bancarse pasar desapercibido, pienso. Con el confort del aire acondicionado de la habitación lo hago mejor. Un amigo de mi papá tenía un tambo y comparaba todos los precios con el de un tarro de leche. Yo me duermo analizando la película y calculando cuántas Coronas me vendrán en la próxima factura de energía.

Despierto tapada y con la nariz seca por el aire acondicionado. Me ducho pensando en Pity. Empiezo a entender mejor que Nacho me la recomendó no sólo porque es un buen drama, estético y con un final tremendo, sino porque una vez cada quince días nos juntamos a desayunar y dedicamos un tiempo a hablar sobre casos de satisfacción en la tristeza, el goce del dolor, el peso de la culpa y el ego alrededor de la pena.

Me hago un jugo de espinaca, manzana y pepino porque estoy en esa del detox para sentirme mejor. Para el bienestar hay que diseñarse una experiencia diaria que reduzca las posibilidades de sentirse como el orto. Algo va a pasar, pero si te roban la bici o pierde Boca, por lo menos podés correr 5K, tener el intestino saludable o una buena pimienta a mano para los huevos del desayuno.

Me llega una foto de mi mamá del patio de Chacabuco inundado por la tormenta de la madrugada: un lago debajo de la araucaria, la calle de tierra un río turbio; todo súper verde y vibrante, más tropical que la plaza San Martín. Como siempre llueve primero en el pueblo, una hora antes más o menos, calculo que se va a largar cuando tenga que salir para microcentro.

Ya llueve fuerte y tengo que salir. Va a ser lindo caminar bajo la lluvia escuchando a McCartney. Además, hace dos meses que uso paraguas, otro artefacto al que me resistí durante años por incómodo, inútil y peligroso. Los usuarios de paraguas son personas, en general, de mal gusto. Una vez conté dos paraguas negros cada diez con flores o estampados coloridos. Además, deberían ser responsables como si condujeran un coche: no se puede andar con uno destartalado, sin ver quién viene de frente o frenando de golpe. Suelen ser egoístas, se cubren solo ellos, los desagües gotean sobre el prójimo, y tienen una altura promedio que hace que la puntas se muevan sin control justo a la altura de mis ojos. Por eso siempre preferí el piloto con capucha, mucho más justo y acorde tanto las necesidades individuales como al orden social, hasta que en noviembre, de vacaciones, me agarró una nevada y me compré uno negro, bajo el que camino ahora pensando en que tengo que decirle a María que también reconozco plátanos, ficus y acacias.

Bajando la escalera del subte, me encuentro a la señora ciega que llora. Tiene un rosario en la misma mano con la que sostiene su bastón y un gorro de lona donde pone la plata que le dan. Siempre me llamó la atención cómo llora porque uno no lo hace cuando lo dispone y se nota cuando es forzado, anoche lo vi en Pity. Saco plata de mi billetera, más para observar que por caridad. Nunca me había detenido a mirarla, y no son lágrimas, es un acting. La humedad de su cara es transpiración. Le brotan gotitas de la frente, los pómulos y el bigote. Le creo la necesidad pero no su manera de contarla. Hoy hace mucho más calor que ayer, y esas no son lágrimas.

Yo también transpiro, pero trato de hacerlo relajada como recomendó María y de poner cara de que acá no hay alerta naranja. En doce minutos voy a estar saliendo por la boca de San Martín. Hay que salir por ésa para optimizar la sombra. De ahí, cruzar hacia la catedral, subir la escalinata y caminar por la recova, aprovechando la corriente de aire y esquivando chinos. Una vez en Reconquista, esperás a que el semáforo se ponga en verde al lado del kiosco de revistas, disfrutando de la frescura que proporcionan los plátanos. Si por alguna razón el paso estuviera restringido, hay que hacer lo que una vez me dijo un policía en secreto, moviendo poco la boca y mirando para otro lado, como si yo no estuviera: entrás al Banco Nación por la puerta de Reconquista y salís por la de Rivadavia. Cuando todo va bien, cruzás directo hacia la sombra de la palmera más alta, al lado de la pirámide, si es que no está ocupada por un grupo de turistas escuchando a un guía. El tramo hasta la AFIP se sufre con el sol picando sobre la izquierda, a paso ligero y paralelo a las vallas. Cuando llegás a Rivadavia, otra hilera de plátanos da respiro cerca de la estación de la línea A. Ahí depende: si hay luz verde, hay que encarar sin dudas. Si no, caminar por la plaza en dirección al bajo, y esperar para cruzar hasta el edificio monolítico de Hacienda, haciéndose lugar entre la gente para posicionarse de manera tal que la sombra larga del semáforo cubra por lo menos la cabeza. Un poco es mejor que nada.

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