Lo que no cambia es lo que duele

En esta ciudad empezó mi adolescencia y acá también terminó, y no sé si duró uno o dos veranos. No podría decir cuándo empezó tan exactamente como sí puedo hacerlo con el fin, que fue cuando mi padre se enamoró de la vecina de carpa en el balneario al que íbamos todos los veranos, y eso fue cuando yo tenía 15.

Después de eso, en Pinamar sólo había estado de paso. Con mi madre seguimos viniendo a la costa, pero jamás a este lugar donde habíamos sido felices y donde habíamos dejado de serlo juntos. Por primera vez después de dieciocho años, lo elegí para pasar cuatro días y estoy en la playa con las comodidades de una carpa alquilada, y es porque vine con Anita, que tiene un bebé de dos meses y medio que necesita reparo. Del lado más cercano al mar, nuestro vecino es un señor de unos 60 años que tiene una mujer con cutis cuidado y un bulldog francés. Se dedica al comercio exterior y le ha ido lo suficientemente bien como para comprar una casa acá. Lo sé porque habla por teléfono y lo hace con altavoz. Del otro lado, dos carpas más allá, nos toca compartir área con dos parejas que pisan los cuarenta, cada una con un hijo de no más de dos. La nena corre por la arena caliente y llega a su punto máximo de dolor justo cuando está a un metro de mí, que intento leer un libro y broncearme al mismo tiempo, y es más lo que me bronceo que lo que leo porque no logro abstraerme de las complicaciones de importar desde China, ni de la respiración ronca del perro ni de la narración de las vacaciones en Brasil del año pasado de una de las parejas, cuando todavía no había una pandemia. Aparentemente, los pies de la nena arden y duelen. Quisiera poder medir los decibeles para demostrar que su llanto es intolerable. Me rindo, suspendo definitivamente la lectura, apoyo el libro cerrado sobre la arena y espero que el padre la rescate. Lo mejor del 2020 fue el distanciamiento social, no tengo dudas.

Mi amiga está amamantando a la sombra, observando la secuencia, y se ríe de mí. Sabe que interrumpir una lectura de este modo o no tener ganas de perder libertades como poder decidir si alquilar una carpa o no, entran en la larga lista de motivos por los que no quisiera ser madre, y que varios son mucho más altruistas e importantes que estos. Generalmente, cuando hablo de mis nulos deseos de tener hijos, me miran con una cara que ya conozco: sonríen con los labios apretados fingiendo comprensión de siglo XXI, pero después largan un “vos porque todavía no tuviste uno” o la variante aún más baja “porque todavía no encontraste con quién”. A veces, las dos. Anita es una de las pocas personas que, cuando se lo dije, me preguntó por qué.

Veníamos a Pinamar cada enero tres o cuatro familias amigas. Alquilábamos una carpa por grupo familiar que abríamos para que fueran una y que de lejos parecían una toldería. La logística para que veintidós personas —cuatro parejas, dos con cuatro hijos y dos con tres — pudieran pasar el día sin regresar a la casa hasta el atardecer era impresionante: se organizaban almuerzos multitudinarios en la playa, siempre había bebida fresca en las conservadoras, reposeras, protector solar, toallas y juegos para todos, y llevaban champagne si el plan era quedarnos hasta la noche. Parecía que a nuestros padres les gustaba Pinamar y que se habían sincronizado para tener hijos por tandas, como para hacer tres grupos de colonia de vacaciones acomodados por edades, que pasaban el tiempo juntos de acuerdo a sus intereses. Vicky, Franco, Arturo, Agustín y yo éramos los más grandes, pero los varones siempre encontraban a otros amigos y hacían planes por separado.

Vicky estuvo la semana pasada acá y, desde que llegué, nos estamos enviando audios nostálgicos. Me cuenta lo que recordó durante sus días: que íbamos a hacer cola a un balneario que tenía un cyber para chequear mails, de las primeras borracheras y resacas que teníamos que transitar bajo el sol, simulando ser todavía niñas. Una vez, me coacheó en el vestuario para que pudiera ponerme un tampón. Pensá que ahí entran cosas mucho más grandes que esta, me dijo. Yo todavía era virgen, imaginarlo no fue suficiente y no pude, así que pasé esos días en short y a la sombra.

Me acuerdo de los vasos plásticos con relieve de cucurucho de la heladería Massera, de nuestros pelos que se nos aclaraban por el clima y la sal, las trenzas de hilo que nos hacía el chileno cada verano. Le cuento que estoy en un restorán comiendo rabas con cerveza, viendo por la ventana una banana flotando que no sé por qué se llama así porque tiene más pinta de súper pancho. Yo me subía al coso inflable para que me tiraran al océano porque todos lo hacían, incluso los hermanos más chiquitos, pero a mí nunca me gustó la adrenalina, al sistema nervioso lo prefiero en calma. El mar siempre me dio miedo y estar flotando sin saber a qué distancia estaban el suelo y la costa no me daba alegría ni placer.

Íbamos a Ku los miércoles porque había pizza temprano y matinée después, caminábamos por la costa desde la frontera hasta el muelle, desde el centro hasta la casa que alquilaban nuestros padres, veíamos todos los recitales que había en los paradores, sintiendo el principio de la emancipación, andando por una ciudad que no era nuestra, sin vigilancia ni miedo. Observando cómo se comportaban y se vestían los que eran un poco más grandes que nosotras, tuvimos una primera idea de cómo ser sexies y seductoras y cómo era ser joven, lindo y argentino en los 90, libres en veranos de abundancia.

Lo último que Vicky me cuenta es la vez que vio a Charly en la disquería del centro y le firmó un CD que después le robaron a su padre cerca de Fuerte Apache. Me acuerdo que vi a Charly salir del local y a Vicky segundos después detrás de él, que me quedé congelada y que después me fui a dormir pensando en por qué no lo había saludado o pedido una foto o un autógrafo. Al otro día, nuestras madres habían salido a caminar y desde lejos vieron a una modelo, flaca y esbelta, que salía del mar y que alguien le alcanzaba una bata blanca. La siguieron para ver quién era y se dieron cuenta de que no era una modelo: era Charly. No sé cómo nos avisaron o cómo llegamos hasta ahí, cerca de la frontera, pero tocó en bata para nosotros, que éramos no más de veinte personas sentadas en la arena al atardecer, y esa noche me fui a dormir sin reprocharme nada.

“El retiro” es la casa que alquilábamos y todavía está igual y bien mantenida. Volviendo de la playa, le pedí a Anita que frenara el auto, me bajé y le saqué fotos que mandé al grupo de WhatsApp que tenemos las familias. Es lo único de esta ciudad que percibo tal y cómo era. El recuerdo y la realidad coinciden, al menos desde afuera. Porque intento recrear en mi mente las habitaciones, la cocina o un pasillo y no lo logro. Sólo sé que hay un comedor amplio con una mesa de algarrobo donde hacíamos campeonatos de generala, que hay una chimenea de ladrillos que separa ese espacio del living y que el fuego que nunca encendimos porque íbamos en enero podría haberse visto de los dos lados.

Los toboganes acuáticos de Avenida del Mar también están iguales, aunque antes eran un challenge y ahora parecen de juguete. La distancia desde Posta Norte al muelle parece corta. Si hay cosas que en esta ciudad ya no están, no las recuerdo. Demolidas o transformadas ya no existen, no importa. Pero al pasar por lugares que están intactos, siento que lo raro es lo que no cambió, que lo que no cambia es lo que duele.

No me gusta meterme al mar, pero sí pararme de frente y mirarlo. Quizás deberían haberme dejado más tiempo flotando en el océano cuando me tiraban de la banana para que me hiciera amiga del agua y de las cosas no identificables que me rozaban las piernas. Creo que cuanto más lo observe, más voy a entenderlo. Y que, eventualmente, voy a dejar de tener pesadillas con la ola gigante que se lleva todo menos a mí con la que sueño desde que soy chica.

En el libro de Carolina Sanín que estoy leyendo, Somos luces abismales, ella escribe sobre un sueño recurrente con una ola pero, al revés de lo que me pasa a mí, a ella se la lleva: “Cuando estoy en Bogotá, a veces sueño con una ola que se me viene encima, me arrasa y me devora”. Pienso que sería lindo que fuera así, para no tener que analizar por qué siempre soy yo la que queda.

Me quedo un rato con los pies en el agua, sintiendo algunos escalofríos si el agua hace estruendos. Miro a la gente capaz de disfrutar, buscando el mismo efecto que en el avión, cuando me concentro en los que leen o duermen durante las turbulencias. Es aire, sólo un cambio de presión en los gases. Es agua, sólo agua en movimiento. Esto no es nada en comparación con aquella ola. Pero, si poco de lo que veo en Pinamar tiene las mismas dimensiones que recuerdo, ya no me creo, no sé si habrá existido o fue también un sueño. ¿Era tan grande o también la habré distorsionado con el tiempo? Era una ola inmensa que se formó a varios metros de donde estábamos. Solíamos meternos todos juntos al mar y a mí me daba menos miedo porque estábamos juntos. Nuestros padres vieron que la pared que se había formado no era normal y llegaron a tomar a los más chicos de la mano, nos sumergimos a tiempo y permanecimos debajo, donde el agua sigue en calma como si encima no pasara nada, hasta que se deshizo. Primero, nos buscamos y nos contamos para ver si estábamos los veintidós. Al darnos vuelta por el revuelo que había en la costa, vimos que el mar había succionado reposeras, ojotas, baldes y sombrillas; había derribado a niños y a algunos viejos, el agua había llegado casi hasta la zona de las carpas. No había pasado nada grave, sólo fue una pequeña demostración de lo destructivo que puede ser el mar.

La última vez que vine a Pinamar fue la última vez que vacacioné con mi familia entera y me habían dejado invitar a mi primer novio. Ya no era virgen y usaba tampones, pero dormíamos en habitaciones separadas. Tal vez mis padres también, pero no me di cuenta. La familia de Vicky había dejado de venir, habían cambiado por Punta del Este y nunca volverían a pasar el verano acá hasta este año, porque por una pandemia no se puede ir a Uruguay.

¿Cuánto dura la adolescencia? A dos balnearios más al norte de donde pasé los veranos de mi infancia, tengo la revelación de que esa etapa de mi vida fue breve, que un año todo iba bien y, al otro, mi vida tal como era y como parecía que iba a ser, empezaba a torcerse. Algo imperceptible entonces, como la primera piedra que se desprende de la cima y cae anticipando un alud. Es raro ser grande en un lugar en el que fuiste chica. Ahora, puedo ser yo la mujer de la que uno de estos padres de la carpa de al lado se enamore.

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