¿Dejaremos de sufrir algún día?

Mientras lavaba acelga, hace unos días, bailé sola frente a la pileta y sentí algo raro en mi cuerpo. Era energía. Si esta semana no me hubiera quedado sin terapia por equivocarme de horario, hubiera usado mis 35 minutos para hablar de que en ese momento pensé en mis últimos meses y me dio risa: miedo a la locura, miedo al futuro, a la soledad y a la gente, miedo a dormir, insomnio, dormir mucho, de vuelta insomnio y miedo a dormir. Miedo a la muerte; después, afinidad con la muerte: no matarme, morirme, que no es lo mismo; dejarme estar, recostarme sobre el colchoncito de mierda que con dedicación estaba armando, como un gorrión construye su nido. Después, las ideas salvavidas: hacer kung fu, dibujar autorretratos, comprar las acuarelas, cerrar textos, meterme en alguna religión. Le conté a Di que estaba pensando en empezar a creer en dios. Copado, me dijo, onda Kanye, Sunday Service. Claro, respondí, algo así, moderno.

Kanye se ama, se cree dios, y a mí me parece bien, porque si él se siente dios y cree en dios, quiere decir que cree en él mismo. Así que en esos días en los que volví a tener aspiraciones de estar mejor, me di cuenta de que tal vez yo también podría ser dios y empezar a creer en mí, incluso amarme.

El martes no fui a terapia, pero el sábado anterior había llegado puntual a lo de la astróloga. Me hizo la revolución solar y, al salir, abrumada por tanta información, la primera decisión fue dejar de estar enojada, porque ya que voy a estar viva no puedo estar enojada. La gente enojada es horrible; los tristes, un bajón.

Al rato, escuchando la grabación de mi sesión de astrología en el Coto, volví a encarar el trabajo de la aceptación, el perdón y todas esas cosas del camino del bien.

Ayer caminaba por la plaza de Tribunales y el sol fue convincente. Tenía Golpéate el corazón, la última novela de Amélie Nothomb, en la mochila, así que me quedé a leer unos capítulos. Ni bien me senté en un banco, vi venir por mi sendero a dos alegres testigos de Jehová y, ante la inminencia de la interrupción, los esperé entregada, sin abrir el libro. Me saludaron con una sonrisa real, y me dieron un folleto que tenía una ilustración de una mujer llorando y agarrándose la cabeza. Decía: ¿Dejaremos de sufrir algún día? Sólo me explicaron que dentro iba a encontrar respuestas de la Biblia y no intentaron convencerme de nada. Quizás esa vez hubiera comprado, estaba vulnerable y no se dieron cuenta o tenían algo mejor que hacer. Fue raro haber esperado más atención de los testigos de Jehová. Se fueron enseguida.

En la tapa del folleto decía:

¿Diría que…

…sí?

…no?

…tal vez?

Obvio que no, pensé. La respuesta de Nothomb también sería no, sin dudas: una persona que dice tener el infierno adentro no puede creer en la felicidad. Se me ocurrió hacer un experimento antropológico para ver qué pensaba el resto de la gente. Al menos tendría la respuesta de algunos de mis seguidores de Instagram. Publiqué una encuesta con la foto del folleto, la misma pregunta y las mismas posibles respuestas.

Recién después de eso, empecé a leer. Golpéate el corazón es la historia de una madre joven y sus tres hijos, enfocada principalmente en la primogénita y cuánto sufre los celos y el desamor de su madre. Me encanta que los trastornos de Nothomb se repitan en muchos de sus libros: es un humano esforzado no por eliminar sus demonios sino por entenderlos, volviendo al pasado para construirse unas respuestas que no le convencen del todo. Pero persiste, vuelve y escribe otra novela, le da otra vuelta, encuentra algo más para decir y escribe otra. En sus libros encadena la maternidad, su niñez, su anorexia, las ciudades en las que vivió, el mutismo, cómo es sentirse Dios, como Kanye; son su cabeza pensándose a través de los años, progresivos mapas mentales. Entiendo que crea que si no escribe se muere. Lo hace con cuadernos y biromes de mala calidad, todos los días, esté donde esté, de cuatro a ocho de la mañana, habiendo digerido antes medio litro de té fuerte preferentemente malo, de un solo sorbo para que sea lo suficientemente violento como para explotarle la cabeza. Que las cosas que usa no sean buenas es porque piensa que ella no vale mucho más que eso y que, ya que va a estropearlo todo, es mejor que sea en materiales pedorros. También hizo un testamento en el que prohíbe publicar sus textos inéditos cuando se muera, lo que me parece respetable porque nadie quisiera que se conozca lo que por decencia ha descartado.

Además, la admiro porque siempre se viste de negro, a lo sumo una camisa blanca estilo Lagerfeld o algún toque rojo, y eso que podría ser visto como un detalle emo más en su personalidad, para mí es iluminación: las personas que visten de negro o prefieren el monocromático es porque alcanzaron un nivel superior de pensamiento, sea un monje budista o Alan Faena.

Estaba vestida de negro leyendo a Nothomb, y el sol emepzó a picarme. En el banco de al lado se sentó un chico que también estaba todo oscuro. Se puso a leer de un Kindle y lo cagó una paloma. Le ofrecí mi último pañuelo descartable para que se limpiara la mancha blanca del pantalón.

Me fui desvistiendo de a poco. Era uno de esos días de gloria en los que al sol se podría estar en bolas y a la sombra con bufanda. Después de dos capítulos me vestí de nuevo y seguí caminando, pensando en que estar deprimido es agotador. Unos días atrás no le encontraba la vuelta, y después era sábado y otoño, habían subido Lemonade a Spotify y pisaba baldosas con la actitud de Beyoncé en Coachella. Iba en dirección a casa, pero no sabía bien por dónde, el vientito me flameaba el pelo, sentía la piel fresca y tersa con olor a Dermaglós y, como la gente me miraba, pensé que debía tener un moco o dentífrico en el cachete. Me miré con la cámara del celular pero estaba todo bien. Debería ser que estaba radiante.

Cuando llegué a casa miré los resultados del experimento y este era el panorama: tres “tal vez”, cuatro “sí” y diecinueve “no”.

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